“Me dueles, luego existo”
Carlos Díaz Hernandez
“¿A cuántas personas he condenado porque
cometieron el delito de no ser yo?”
(Eduardo Galeano)
Hace muy poco en Uruguay, asesinaron al
comerciante de Paysandú David Fremd por ser judío. Ayer asesinaron a un hincha
de Nacional, en una pelea entre barras de los clásicos adversarios; luego se le
sumó otra muerte de un taxista. En las redes sociales, se escucha el reclamo de
la gente, “¿Qué nos está pasando”? Frente a estas tres muertes, frente a tantas
muertes, que nos está pasando o justamente lo que nos pasa es que no nos pasa
nada…
A una sociedad que ya no le duele el dolor
del otro está enferma. Enferma de falta de empatía, enferma de vivir sin
pasión, una sociedad dormida que se ha “anestesiado”, que está apática y corre
riesgo de perder sensibilidad, respeto, tolerancia y crecer en impulsividad.
Pero la sociedad no existe, somos nosotros, sos tú y yo, es mi hermano, el
vecino y el director, el jefe y el empleado. Ustedes dirán: “En todos lados
pasa lo mismo”, o “¿Para qué escribir sobre este tema, si ya pasó?” ¿Ya pasó?
¿Cuánto nos dura el sorprendernos con algo? ¿Una semana? El 10 de marzo
asesinaron a David, escribo estas líneas el 22 de marzo…
Por otra parte, no recordamos en Uruguay un
asesinato como el de David Fremd, por ser judío. Tristemente lo del hincha de
Nacional, si ha ocurrido y con diversas hinchadas; ya nos acostumbramos,
entonces no nos impacta tanto como el otro. ¿Cómo hacemos para despertarnos de
la apatía y no dejar pasar la vida y la muerte de David en vano? ¿Para, dentro
de 1 o 5 años, no estar escribiendo: “Se acuerdan de David, el de Paysandú, fue
el primer caso, ahora van…”
¿Cómo hacemos para dejar de contar y
alertarnos frente a estos hechos que tristemente pasan como “uno más”, mientras
espero que termine el Informativo para no angustiarme y cambiar de tema? No se
puede evitar vivir, ni evitar angustiarse frente a estas muertes, porque la
angustia nos recuerda que somos humanos y que atrás de cada persona hay una
familia que está intentando seguir, pese a la bronca, al duelo, al enojo y a la
impotencia, están intentando seguir viviendo y honrando la vida de sus muertos.
Es más preocupante la ausencia de angustia
frente a estos hechos que su presencia. La falta de angustia es la apatía, el
desinterés, la indiferencia, la mirada para abajo, la resignación. ¿Y cómo
hacemos para que nosotros que quizás no estamos ligados afectivamente a la
familia de David, no se nos pase por alto su vida y su muerte? ¿Cómo hacemos
para no salir corriendo a entretenernos con otras noticias… a divertirnos?
Recuerdo un video de Jesús Quinteros, en el
que dice “Siempre hubo analfabetos”; pero nunca como hoy esos analfabetos
presumen de serlo sin vergüenza, afirmaba el periodista español. Se presume de
esa falta de formación, de cultura, de humanidad. Es verdad que muchos crímenes
son cometidos por gente “educada y culta”, aunque podamos discutir el significado
en la actualidad de “ser culto” o “educado”. Por lo visto no basta con enseñar
a leer y escribir, debemos enseñar también que en la sociedad existen personas
que abrazan otras camisetas y otros dioses y eso es con-vivir. Enseñar a
Convivir y no encerrarnos entre los que pensamos igual.
Recuerdan el dicho popular que dice: “Mejor
no hablar de fútbol, de religión ni de política”. ¿Cómo creceremos como
personas, ciudadanos, humanidad si no conocemos como piensa el otro? O peor
aún, si ni siquiera quiero escuchar cómo piensa el otro. Tengo amigos de
Nacional, yo soy de Peñarol, amigos judíos, católicos, ateos, protestantes,
amigos que votan diferente de lo que voto yo. Somos amigos en el consenso y en
disenso, no busco unanimidad, ni uniformidades, la diferencia nos hace crecer y
nos evita caer en la trampa del fanatismo.
La muerte nos asusta, nos paraliza, nos
convoca y nos interpela, respecto a cómo estamos viviendo la vida. NO podemos
pasar por alto a David, ni al hincha, ni al taxista. Para que sus almas reposen
en paz, para que sus muertes sigan inquietando la parsimonia de tantas vidas
aburridas e insípidas que pasan de largo de todo. Qué mercado barato estamos
siendo para los vendedores de turno, para los entretenedores, para los que sin
querer nos anestesian para que nos olvidemos rápidamente y que la angustia no
nos toque. Ojalá fallen y no logren entretenernos. Ese es el motivo de estas
líneas, salir de lo entretenido para reflexionar, hospedar la angustia y
transformarla en AMOR.
Estas muertes nos despiertan (o deberían) a
lo realmente importante de la vida que es vivir. Y vivir con coraje y sin miedo
a enfrentar al que piensa distinto, al que está cuartelado debajo de: “todos
los hombres/mujeres son iguales”, o “siempre pasa lo mismo (fatalismo)” o
“todos los hinchas son patoteros”, o ”todos los judíos”, “todos los católicos”
,” todos los ateos”. Necesitamos salir de las manadas en las que caemos,
buscando una falsa seguridad, para recostarnos y justificar que no podemos
hacer nada.
¿Cómo podemos dejarnos convencer de que no
se puede hacer nada? ¿Tan dormidos estamos? Pero para ser personas y salir de
la postura de víctima y tomar la vida en nuestras manos, sí podemos hacer algo.
Cada uno desde su lugar; los valores son acciones, hacer algo, que corte con la
apatía, con la desidia, con el desinterés, para salir de la manada y tener el
coraje de ser libres y responsables. Salir del lugar común de la etiqueta
fácil, que nos aleja del otro y calma la angustia. No se puede calmar esta
angustia ahora, debemos dolernos con el dolor del otro para cambiar, para
crecer en empatía, en valorar al diferente, porque el otro del otro… soy yo.
La muerte de alguien, aunque no sea nuestro
amigo, es de todos; es un compañero, el taxista, el hincha, David, se nos murieron
a todos, no sólo a sus familias. Somos una comunidad. Lo más importante de la
vida es la vida, convencernos de que si la vida es importante, ningún fanático
religioso podrá convencer a otro de que se mata por religión, o de que se mata
por amor o que se mata porque Dios me lo ordenó, a no ser que estemos ya en el
terreno de la patología.
La vida es más importante que todo, es el
valor de respetarnos y de querernos. Abrazarnos, aunque parezca cursi, entre
hinchas de cuadros distintos. ¿Recuerdan el año pasado la foto de los jugadores
de Peñarol y Nacional intercalados, antes de que se iniciara el partido? Ojalá
se haga nuevamente, porque ¡no fue suficiente esa foto! Debemos insistir, no
claudicar. Qué pecado no tener el coraje de vivir, qué pecado pasar
anestesiados ante estas muertes que nos interpelan respecto a cómo estamos
viviendo, y a cómo estamos abrazando al que piensa diferente.
Vivir es conocer los diversos credos,
aunque no sepamos en que creemos ni querer convencer a nadie de lo que creemos.
Vivir es mostrar mi vida, no demostrarle nada a nadie, no demostrarle que mi
cuadro o que mi Dios es “mejor” que el tuyo. NO. Vivir es abrazar al que piensa
distinto, no existe ningún fanático religioso dice Dr. Gabriel Castellá, porque
“si es fanático no es religioso, si es religioso no es fanático.”
El religioso abraza al que piensa distinto,
el fanático se abraza a su verdad como única. Por eso el fanático excluye lo
religioso y el religioso (sano, claro está) excluye el fanatismo. Dice Carlos
Díaz, ”La fe sin amor te hace fanático.” Ahí está la clave, en el amor, el amor
sano te integra, no te aísla, sea una pareja, una comunidad, una empresa . El
que se aísla ama tibiamente, ama solo o solo se ama a sí mismo. El amor sano te
vincula, te nutre y se alegra con la alegría del otro y se entristece con el
dolor del otro.
Recordemos al poeta Antonio Machado, en sus
versos:
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
No es la verdad de cada uno, sino ir juntos
en búsqueda de una verdad más amplia que nos integre a todos, sin condenar al
otro por no ser como yo.
Viktor Frankl, creador de la Logoterapia,
fue prisionero en los campos de concentración. Antes de ser capturado, pero ya
cuando Austria había sido invadida por Hitler, tuvo la oportunidad de tener una
visa para emigrar a EEUU. Cuenta en su biografía, que caminando por Viena,
llega a la Catedral St. Stephan, en el centro de la ciudad. Se tapa la estrella
de David y entra a la catedral, para tener calma, paz, poder sentir y pensar en
lo que debía hacer. ¿Debía aceptar la visa y emigrar a los EE.UU dejando atrás
a su familia o debía quedarse en Viena con el riesgo (que luego resultó fatal
para su familia) de que lo atrapen como así fue. Se sentó a orar en silencio.
Eso precisamos: sentarnos a meditar u orar
en silencio, para que repose en paz el alma de David y de tantos, para que su
muerte nos mueva, y nos movilice cada vez que alguien piense diferente, cada
vez que aparezca desde nuestro interior el fanático que llevamos y podamos
hacer silencio, buscar la paz y poder decirle al interlocutor: “Esta es mi
postura, dime por favor cual es la tuya que la escucharé y la aceptaré. La
aceptaré aunque me cueste, aunque me moleste.” Porque esa molestia me hace
crecer, me recuerda que vivimos en comunidad, que no soy solo, que no nos
hacemos solos. Y si es mi amigo/pareja/psicólogo/maestro, voy a desear que me
moleste mucho, que no me diga lo que quiero oír, que me diga lo que no quiero
escuchar.
David murió en la calle, de pie, yendo a
trabajar. Vivir y morir de pie, enteritos sin quebrarnos, sino con orgullo de
ser judío, católico, musulmán, ateo o simplemente persona que camina por este
mundo. De pie entonces amigos, por David, por nosotros a enfrentar los dolores
y los fanáticos, de pie, con coraje, de frente, todos juntos, de pie. Para
poder salir al encuentro del otro y ser “templo, hogar, hospedaje”, de aquel
que viene creyendo que su verdad es la única, abrazar a aquel que viene enojado
por la vida, para poder ser escucha, silencio, y tener el coraje de devolver
con amor su dolor.
Que la vida de David nos interpele y nos
inquiete. De pie señores, de pie. De pie, para salir a la vida y brindar con
ella el milagro que hoy me desperté, el milagro de que pude sentarme solo en la
computadora, el milagro de que pude armar un mate y el milagro de que pude
entre lágrimas de bronca y emoción, sacar estas palabras para transformar mi
dolor.
Salir a la calle con nuestros credos (sean
religiosos o no), para poder saludarme con el otro y abrazarlo. Salir a la
calle con nuestros miedos y nuestros amores, pero salir, no aislarnos no guardarnos
ni asustarnos, ni salir a matar a nadie, sino salir a vivir.
¡Deberíamos salir todos a la calle con la
Estrella de David! Los espero, pongamos día y hora, armemos en casa la
estrella, para honrar a David y a los muertos que cada familia tenga. Seamos de
la religión que seamos, o seamos creyentes o no, los espero con la estrella de
David para caminar, de pie, de cara a la Vida.
De pie y con la Estrella de David
23/Mar/2016
El País, Eme de Mujer, Por Alejandro De Barbieri